lunes, 29 de noviembre de 2010

ROCK NACIONAL= ACORDES DE PAZ

ROCK NACIONAL
ACORDES DE PAZ
El recuerdo de aquellos años duros de los 70 y 80 encontrarían un fenómeno artístico importante. La poesía y la problemática social irradiaron esperanza en forma de melodías esgrimidas por una guitarra. El rock nacional resurgió de las cenizas para emprender el tan sólo dos valores, el amor y la paz para todos. Sólo eran jóvenes con sueños, pero conscientes de la situación que les tocaba vivir una incómoda situación histórica. Conmovidos por el paisaje aterrador, convirtieron el dolor en canción de libertad.
Denunciar la injusticia y manifestar los deseos de igualdad eran el deber de aquellas obras de artes ideadas por los literarios del rock. Hijos del humo y la ceniza de un cigarrillo sin apagar, los mocosos del bar “La perla”, del barrio porteños de Once, diseñaron en sus rincones  las páginas de  un libro dorado cuyas partituras quedarán en la mente y en el corazón de la gente buena, sin maldad ni odio.
“Estoy muy sólo triste, acá, en este abandonado” escribían Tanguito y Lito Nebbia en una servilleta de papel, al sentirse ambos expulsados de un mundo afuera de lo  cotidiano, ya que este había tomado un rumbo egoísta sin sentimientos de felicidad. Los hombres de uniforme y algunos de saco y corbata observaban de reojo a esos a adolescentes con pantalones de jeans y remera que caminaban  por una ciudad donde aún la gente usaba gomina.
La inteligencia reencarnada en prosa brindó el trago  de la paz de un rock nacional fortalecido para calmar la sed producida por  los secos vientos del  desierto de maldad del Genocidio.  Fortalecer el grito de libertad atragantada por gorras y bastones  de aquellos estúpidos que querían mantener la violencia cueste lo que cueste. Las torturas, las desapariciones y las censuras ya teñían de sangre  un país y lo convertían en  extraño para la pobre Alicia, que deseaba despertar de esa  feroz pesadilla.
Los dinosaurios desaparecidos se materializaban en la maravillosa voz de un joven Charly García, cuya mentalidad alumbraba como nadie  el paisaje desolador. Inteligente, audaz, pasional, Carlos Alberto García es y será poseedor de un título que trasciende su capacidad artística y se intrinca en los corazones de los que desean la paz de la señora humanidad. Sin guerras, pero con canciones que unan a los dispersos hombres.
Melodía escrita en una partitura de nunca acabar, inaugurada por esos pelilargos que vivían la luz  de la  noche y dormían  en la oscuridad del día. Jóvenes insolentes que deseaban el amanecer de una noche tan fría como oscura, una noche  que parecía que nunca iba a tener fin. Sin embargo, faltaba poco para que llegara. El ruido de armas y las melodías de guitarras, emitidas por jóvenes diferentes, pero iguales a la misma vez, iban a poner punto final a esta triste historia.
Walter Leguizamón

miércoles, 10 de noviembre de 2010

Malvinas: La guerra que nunca debió existir

JUVENTUD Y ARMAS
LA DEUDA INTERNA
La Guerra de Malvinas es una herida que todavía no cicatrizó. Los centenares de chicos que apenas conocían de vista un fusil fueron obligados a viajar a un lugar lejano, desconocido, donde se encontraron cara a cara con el terror. Esos jóvenes fueron utilizados por un gobierno de facto cobarde, que podía torturar mujeres embarazadas, pero no fue capaz de pisar un campo de batalla para enfrentarse en un conflicto bélico sin sentido, y con resultado puesto, frente a una potencia bien preparada.
Los adolescentes que se tuvieron que convertir en hombres de la noche a la mañana fueron escondidos  y olvidados por una sociedad que poseía un falso sentimiento nacionalista digno de un partido de fútbol. Además, tuvieron que sufrir la ignorancia de varios gobiernos democráticos que sólo les pagaban una limosna, pero que ni siquiera ofrecieron asistencia psicológica a estos héroes que aún después del  conflicto, la siguieron luchando sin ayuda de nadie, sobreviviendo así  a la pobreza y a los fantasmas de la muerte.
La inoperancia de los distintos funcionarios de turno causó que el suicidio de  ex – combatientes supere  la cifra de caídos en el campo de batalla.  Causa vergüenza ajena, una sensación que indigna y estremece saber que aquellos chicos no sólo fueron maltratados por sus “superiores”, que se quedaron con todas las donaciones de la gente bien intencionada, que creyó que con sus pieles, sus chocolates iban a mejorar el ánimo y las condiciones de los soldados.
Pero hubo otro actor más que les dio la espalda a los combatientes, y que además se burló de la sociedad. Ese fue el periodismo, las grandes empresas de los medios que ocultaron la verdadera situación de la guerra a la opinión pública. El famoso “Estamos ganando” de la revista Gente fue la prueba irrefutable del engaño y la complicidad del semanario con los miembros de la junta militar.
Periodistas bastantes inteligentes que sabían que era un manotazo de ahogado disfrazado de guerra.  Encubridores de una locura de un general que soñó  con ser San Martín o Perón, los comunicadores se burlaron de la gente, que bajo su sentimiento de nacionalismo,  creyó en las palabras de los “prestigiosos” y cayó en la trampa de la falsa victoria, imposible ya desde el vamos.
Zapatillas de lona, sacos que no abrigaron, fusiles inservibles, frente a miras telescópicas, trajes hipodérmicos, armamentos de última generación, demostraban que la locura iba a costar muy caro y que ese precio lo iban a pagar jóvenes inocentes, que nunca oyeron la palabra “Malvinas”, y que de la noche a la mañana tuvieron que luchar por ellas.
El sueño de quedar en la  historia se convirtió en la pesadilla de los novatos soldados, aunque paradójicamente también significó el fin de  la pesadilla provocada en esa noche oscura del 24 de marzo del 76. La muerte de aquellos chicos abrió las puertas de la democracia, le devolvió el sentido de vivir a algunos políticos, que más tarde se olvidarían que allá, cerca del fin del mundo, niños de 18 años le hicieron honor a la patria, que por más que a veces parezca una locura tuvieron el valor suficiente de defender con lealtad y patriotismo el papel de ser argentino, más allá de un mundial.




Walter Leguizamón

martes, 9 de noviembre de 2010

Los setenta

LOS SETENTA
EL DEBER DE LA JUVENTUD
Los jóvenes de los setenta tenían el sueño de cambiar el mundo, estos se tenían confianza y sabían que contaban con los recursos suficientes para hacerlo.  L a fuerza transformadora de  los estudiantes o trabajadores con poca antigüedad, pero con una importante conciencia social, tenían el deber de cambiar el sistema en pos de la igualdad, la libertad  y la justicia. La juventud maravillosa no tuvo miedo, a pesar de que otros los callaron con torturas y desapariciones.  
Los terribles planes económicos que incluyeron el saqueo de la industria nacional, la disminución del salario,  los despidos de miles de obreros, la pérdida de la libertad sindical, dibujaron una geografía de pobreza y marginalidad que persistió por un tiempo extendido, y que en la actualidad está viéndose cada vez menos, pero que en aquél momento impresionó y movilizó los rebeldes  con causa.
A partir de la destrucción encabezada por los grandes poderes económicos, ocultos de tras  de las fuerzas armadas, la juventud decidió que el terror tenía que llegar a su fin y se lanzaron a lucha, en su gran mayoría armados sólo con la palabra y la solidaridad para alcanzarlos objetivos de la igualdad y la libertad,  que les era negada.
Inteligentes, atrevidos, audaces, se convirtieron en los peores enemigos de los ricos , que estuvieron dispuestos a entregar a sus empleados para ajustarse a las indicaciones emanadas por la doctrina de Seguridad Nacional, impulsada por el gobierno de los Estados Unidos y cuyos principales cómplices, además de los empresarios, fueron los militares que recibieron adiestramiento en las Escuela de las Américas.
Los supremos hombres de negocios se complotaron con los miembros de las tres fuerzas armadas y encabezaron el exterminio de los sueños. Torturas, secuestros, violaciones y desapariciones fueron las armas utilizadas por aquellos que no deseaban compartir la riqueza de una nación forjada por  los obreros.  Sin embargo,  existe algo más que ayudó a formar el régimen de terror. La  complicidad periodística,  el silencio de algunos hombres que hoy en día gozan de un cierto prestigio.
Muy lejos estuvo Rodolfo Walsh de estos miembros de la “prensa independiente”, ya que fue el único que tuvo las agallas suficientes  para  enfrentarse con los miembros de la junta militar con la poderosa  arma que mejor sabía utilizar: la palabra.  Su carta publicada en el primer aniversario del golpe es un ejemplo de la verdadera función de un periodista, que es la de ser la voz de aquellos que no la tienen, dado que   el poder se la ha quitado.
En los años setenta vivir y  morir para cambiar el mundo no era una tarea imposible de lograr, si un joven se lo proponía, aunque fallara en el intento, mantenía su felicidad porque sabían que el triunfo se iba concretar tarde o temprano.
Walter Leguizamón