LOS SETENTA
EL DEBER DE LA JUVENTUD
Los jóvenes de los setenta tenían el sueño de cambiar el mundo, estos se tenían confianza y sabían que contaban con los recursos suficientes para hacerlo. L a fuerza transformadora de los estudiantes o trabajadores con poca antigüedad, pero con una importante conciencia social, tenían el deber de cambiar el sistema en pos de la igualdad, la libertad y la justicia. La juventud maravillosa no tuvo miedo, a pesar de que otros los callaron con torturas y desapariciones.
Los terribles planes económicos que incluyeron el saqueo de la industria nacional, la disminución del salario, los despidos de miles de obreros, la pérdida de la libertad sindical, dibujaron una geografía de pobreza y marginalidad que persistió por un tiempo extendido, y que en la actualidad está viéndose cada vez menos, pero que en aquél momento impresionó y movilizó los rebeldes con causa.
A partir de la destrucción encabezada por los grandes poderes económicos, ocultos de tras de las fuerzas armadas, la juventud decidió que el terror tenía que llegar a su fin y se lanzaron a lucha, en su gran mayoría armados sólo con la palabra y la solidaridad para alcanzarlos objetivos de la igualdad y la libertad, que les era negada.
Inteligentes, atrevidos, audaces, se convirtieron en los peores enemigos de los ricos , que estuvieron dispuestos a entregar a sus empleados para ajustarse a las indicaciones emanadas por la doctrina de Seguridad Nacional, impulsada por el gobierno de los Estados Unidos y cuyos principales cómplices, además de los empresarios, fueron los militares que recibieron adiestramiento en las Escuela de las Américas.
Los supremos hombres de negocios se complotaron con los miembros de las tres fuerzas armadas y encabezaron el exterminio de los sueños. Torturas, secuestros, violaciones y desapariciones fueron las armas utilizadas por aquellos que no deseaban compartir la riqueza de una nación forjada por los obreros. Sin embargo, existe algo más que ayudó a formar el régimen de terror. La complicidad periodística, el silencio de algunos hombres que hoy en día gozan de un cierto prestigio.
Muy lejos estuvo Rodolfo Walsh de estos miembros de la “prensa independiente”, ya que fue el único que tuvo las agallas suficientes para enfrentarse con los miembros de la junta militar con la poderosa arma que mejor sabía utilizar: la palabra. Su carta publicada en el primer aniversario del golpe es un ejemplo de la verdadera función de un periodista, que es la de ser la voz de aquellos que no la tienen, dado que el poder se la ha quitado.
En los años setenta vivir y morir para cambiar el mundo no era una tarea imposible de lograr, si un joven se lo proponía, aunque fallara en el intento, mantenía su felicidad porque sabían que el triunfo se iba concretar tarde o temprano.
Walter Leguizamón

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