LA DEUDA INTERNA
La Guerra de Malvinas es una herida que todavía no cicatrizó. Los centenares de chicos que apenas conocían de vista un fusil fueron obligados a viajar a un lugar lejano, desconocido, donde se encontraron cara a cara con el terror. Esos jóvenes fueron utilizados por un gobierno de facto cobarde, que podía torturar mujeres embarazadas, pero no fue capaz de pisar un campo de batalla para enfrentarse en un conflicto bélico sin sentido, y con resultado puesto, frente a una potencia bien preparada.
Los adolescentes que se tuvieron que convertir en hombres de la noche a la mañana fueron escondidos y olvidados por una sociedad que poseía un falso sentimiento nacionalista digno de un partido de fútbol. Además, tuvieron que sufrir la ignorancia de varios gobiernos democráticos que sólo les pagaban una limosna, pero que ni siquiera ofrecieron asistencia psicológica a estos héroes que aún después del conflicto, la siguieron luchando sin ayuda de nadie, sobreviviendo así a la pobreza y a los fantasmas de la muerte.
La inoperancia de los distintos funcionarios de turno causó que el suicidio de ex – combatientes supere la cifra de caídos en el campo de batalla. Causa vergüenza ajena, una sensación que indigna y estremece saber que aquellos chicos no sólo fueron maltratados por sus “superiores”, que se quedaron con todas las donaciones de la gente bien intencionada, que creyó que con sus pieles, sus chocolates iban a mejorar el ánimo y las condiciones de los soldados.
Pero hubo otro actor más que les dio la espalda a los combatientes, y que además se burló de la sociedad. Ese fue el periodismo, las grandes empresas de los medios que ocultaron la verdadera situación de la guerra a la opinión pública. El famoso “Estamos ganando” de la revista Gente fue la prueba irrefutable del engaño y la complicidad del semanario con los miembros de la junta militar.
Periodistas bastantes inteligentes que sabían que era un manotazo de ahogado disfrazado de guerra. Encubridores de una locura de un general que soñó con ser San Martín o Perón, los comunicadores se burlaron de la gente, que bajo su sentimiento de nacionalismo, creyó en las palabras de los “prestigiosos” y cayó en la trampa de la falsa victoria, imposible ya desde el vamos.
Zapatillas de lona, sacos que no abrigaron, fusiles inservibles, frente a miras telescópicas, trajes hipodérmicos, armamentos de última generación, demostraban que la locura iba a costar muy caro y que ese precio lo iban a pagar jóvenes inocentes, que nunca oyeron la palabra “Malvinas”, y que de la noche a la mañana tuvieron que luchar por ellas.
El sueño de quedar en la historia se convirtió en la pesadilla de los novatos soldados, aunque paradójicamente también significó el fin de la pesadilla provocada en esa noche oscura del 24 de marzo del 76. La muerte de aquellos chicos abrió las puertas de la democracia, le devolvió el sentido de vivir a algunos políticos, que más tarde se olvidarían que allá, cerca del fin del mundo, niños de 18 años le hicieron honor a la patria, que por más que a veces parezca una locura tuvieron el valor suficiente de defender con lealtad y patriotismo el papel de ser argentino, más allá de un mundial.
Walter Leguizamón


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